Biblioteca Popular José A. Guisasola




Sibiú es una vieja ciudad de Rumania. Todo es mágico en Sibiú: los parques, los mercados, la gente, las calles. Las calles, por ejemplo, tienen estos nombres: calle de La Lámpara, calle del Lomo del Perro, calle del Herrero, calle de la Torre, y hay una calle arriba, alta, a la que se llega subiendo por una escalera que da vueltas como la casa del caracol, y esta calle se llama: calle de la Escalera del Dedillo. Y me acuerdo también de otra calle por donde pasa un hilo de agua, y se llama: calle del Pope que se Ahogó.

Todo es mágico en Sibiú. Es como si anduviéramos despiertos por el sueño. Tiene un tranvía que parece de juguete. Es muy lento y le dicen el buey. Hay un solo par de vías, y por ellas el buey va y vuelve desde la Estación del Ferrocarril al Jardín Zoológico, y sigue más lejos todavía, a una población de cuyo nombre no me acuerdo.

El buey atraviesa la ciudad, unos parques, y llega al Jardín Zoológico, al pequeño Jardín Zoológico que está cerca de un lago. Es tan pequeño que se lo recorre íntegramente en menos de quince minutos y caminando muy despacio. Allí hay una jaula con un zorro, una jaula con una ardilla y otras jaulas con pájaros. Un elefante dormido, y que encoge la trompa, es más grande que el Jardín Zoológico de Sibíú. Y en ese diminuto Jardín Zoológico hay también una jaula donde viven dos osas gordas y peludas.

Una mañana estaba mirando las osas, y un amigo me contó la siguiente historia que puede titularse: "Historia de dos osas y un oso".

—Una vez, no hace mucho tiempo —contó mi amigo—, a esta jaula donde viven las dos osas, trajeron un oso. El oso lo primero que hizo, cuando entró en la jaula fue tomar agua. Debía tener sed. Después saludó a las osas, y les dijo:

—Me alegro, porque vamos a estar juntos.

—¡No! —contestaron las osas que hablaban las dos al mismo tiempo—. Aquí no queremos a ningún oso, ni a nadie. Tenés que irte.

Y el oso dijo:

—No puedo irme. Estoy en una jaula.

—Es un capricho tuyo —respondieron las osas.

—No, no es un capricho —contestó el oso—. Estoy en una jaula. Además, prefiero la compañía de ustedes a la de los dos cazadores que me trajeron aquí; eran cazadores con botas y barba. Las prefiero a ustedes. Repito: no es un capricho. Francamente, me siento muy feliz aquí.

Y las osas se pusieron furiosas. Se les vino todo el pelo para arriba. Se armaron de uñas y dientes. Y a un mismo tiempo se abalanzaron sobre el oso. Le dieron una paliza tremenda.

El oso, de rodillas, lloraba desconsoladamente. Se lamía las heridas, y decía:

—Soy el más desgraciado de los osos.

Vio entonces que las dos osas se preparaban para seguir castigándolo. Tuvo miedo, y comenzó a retroceder.

Golpeó violentamente contra los barrotes de la jaula, que se quebraron, y cayó sobre el césped.

Estaba en libertad, y suplicó con una triste voz de oso:

—Déjenme entrar. Quiero estar con ustedes. No es un capricho.

—No contestaron las osas—, es un capricho.

Y le dieron la espalda.

El oso no insistió, y se fue. Caminaba mirando los árboles, el cielo. Al llegar a la orilla del lago se lamió las heridas, y siguió caminando.

Es muy probable que haya pensado irse a la ciudad. Y se detuvo en la parada donde se detiene el tranvía —el buey— para recoger pasajeros. Pero no lo dejaron subir al tranvía porque era un oso.

—¿Y qué hizo el oso? ¿Adónde fue? —pregunté.

—No sé —respondió mi amigo—. Aquí, a la jaula, no volvió.

Quizás regresó a su país, donde hay siempre nieve y son felices los osos.

—Comprendo —contesté.

Estas cosas sólo pueden pasar en Sibiú. Sibiú es una ciudad mágica. Sibiú es una ciudad de Rumania.

JAVIER VILLAFAÑE, Los sueños del sapo, Cuentos y leyendas, ilustrado por Tabaré.
Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2010, 128 páginas.


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